El Licenciado Baleno, la última revelación blogger, escribe aquí sus recuerdos de la jornada del 20 de diciembre de 2001. Es muy interesante su posición, incluso me ha hecho reflexionar y hasta recular con algunos de mis epítetos de ayer contra los asambleístas. Uno es así, me pueden tirar con la biblioteca entera de Alejandría y no me mosqueo, pero me tiran un Racing campeón y bajo todas las defensas. Como sea, me hizo recordar.
Noche del 19: Laburaba en el Congreso Nacional y esa noche estábamos cenando en el bodegón de Yrigoyen y Combate de los Pozos. De la Rúa acababa de dar su mensaje por cadena oficial anunciando el estado de sitio y ya había como mil bolazos dando vuelta sobre saqueos, golpes y la mar en coche. A eso de las 21, escuchamos las primeras cacerolas y un compañero dijo “uh, se cayó la estantería en la cocina”. Al rato, mientras los teléfonos celulares sonaban todos juntos y recibíamos noticias de Colegiales, Palermo, Caballito y Lugano, empezaron a llegar al Congreso los primeros manifestantes. El “que se vayan todos” todavía no sonaba.
Dejé el churrasco por la mitad y salimos. Un par de diputados que estaban con nosotros (aún siendo opositores consecuentes al gobierno) pusieron cara de susto. “Esto se va al carajo mañana a más tardar”.
La gente llegaba de todos lados. Hasta que alguien gritó “a la Plaza, todos a la Plaza”. Y allá fuimos, con la marea. En el camino Beto y Eulogia inventan el hit de la noche: “Que boludos, que boludos, el estado de sitio, se lo meten en el culo”. A los dos minutos lo cantaba toda la Avenida de Mayo y nosotros estábamos orgullosos de nuestros poetas. A eso de las 3 de la mañana tiraron gases y hubo desbande. Con mi mujer volvimos a casa y de ahí a lo de nuestros suegros: llevábamos el poder y el pasaporte para que la nena pudiera salir del país con ellos. Ella, que tenía un año, dormía en la cuna con su camiseta de Racing puesta.
¿Saben qué? Había mucha paranoia entre nosotros. Si había golpe militar, estábamos en un problema. Si De la Rúa retomaba el mando vía represión en alianza con las FFAA, estábamos en problemas también. Un par de días antes, compañeros de la CTA nos habían instruido en el arte de pegarse el palo: pasaporte y un canuto de guita. Dólares mucho mejor. Por las dudas, teníamos una cita pautada en Colonia.
Mañana del 20: Llegamos al Congreso a las 8 de la mañana. Ese día fue la primera reunión de lo que luego sería el Interbloque ARI-FG Autónomo. ¿Te acordás yynada? En la esquina de Combate de los Pozos había combate. Los pibes avanzaban con gomerazos y la Infantería sacudía con gases. Una de las bombas cayó en el hall del anexo pero no explotó. Todo era un caos. Nosotros tratábamos de armar un estado de situación en la sala de prensa, los diputados llamaban al Ministerio del Interior para que detengan la represión en Plaza de Mayo. No contestaba nadie. Se decide lo siguiente: una parte de los diputados se quedaba en el Congreso tratando de hablar con alguien. La otra parte marchaba a la Plaza. Me tocó acompañar. Fuimos en subte.
Llegamos a eso de las 9. Había relativamente poca gente, la inmensa mayoría pibes que sacudían las rejas frente a la Pirámide. Durante la noche habían encanado a decenas de personas, trasladadas a la Primera. Los diputados lograron pasar la valla para ir a entrevistarse con Servini de Cubría y yo cometí el error de quedarme ahí, al lado de la reja. Había vuelto al periodismo en un instante, sin pensar. A eso de las 10, Infantería hace el cambio de guardia y un chaboncito trajeado y con pin en el saco llega con órdenes. Ahí se prenden los motores de los hidrantes. Algunos nos apiolamos que iban a reprimir, pero el resto no nos creían. Me acuerdo como si fuera hoy, una mujer con su hijo de 10 años tratando de hacer la Gran Gandhi sentándose en el asfalto. Le grité que no fuera pelotuda y que sacara ya al pibe de ahí. Una bandita de pendejos se envalentonan con el ruido de los hidrantes y sacuden un par de piedrazos. Era lo que estaban esperando. Corren la reja y avanzan.
Rajo por San Martín, o Reconquista, no me acuerdo. Los cascos de los caballos de la Montada suenan a metal. Una granada de gas lacrimógeno me estalla a menos de un metro y me deja grogui. El muchacho del caballo aprovecha para enseñarme que cuando te pegan con el palito duele. Un hombre me agarra del brazo y me va llevando: “tranquilo, pibe, tranquilo”. Yo no podía abrir los ojos del gas, me estallaban. Ese tipo me saca un par de cuadras, para en un bar de Rivadavia, pide un limón y me riega la trucha. Sabía lo que había que hacer. Se despide diciéndome: “suerte, flaco”. Nunca le vi la cara ni pude agradecerle. Me lo imagino cincuentón y delegado sindical de los telefónicos.
Después me lavo la cara. Mis compañeros del Congreso me llaman al celular para saber si estoy bien. Tardo un par de horas en volver, porque se me da por hacer ejercicio. Esa tarde renuncia De la Rúa.
A la noche, ya en mi casa, veo por televisión todo lo que había pasado. Y me asusto, mucho, por primera vez en el día. Somos hijos de la imagen.
Ah, y a vos "Anónimo Bostero" que comentás en Ramble Tamble: andate a cagar.








