Tribuna de doctrina

Para fundamentar y refutar (?) mi post bajón de ayer, "ésta" columna de Rafael Bielsa (el verdadero Loco Bielsa, no ese santo de la espada trasandino).

Leída en La Nación. Un diario serio aún a pesar de sus editorialistas.

Atenti. Un groso.

Los ciudadanos-periodistas que utilizan sus blogs o YouTube para producir noticias, ¿representan una amenaza para el periodismo tradicional?

No necesariamente. Los periodistas tienen que darse cuenta que Internet les ofrece por primera vez la posibilidad de trabajar directamente con los lectores, es decir con los ciudadanos. Tenemos que lograr que la gente nos ayude a informar mejor, ver como los ciudadanos pueden involucrarse en nuestro trabajo, de qué manera pueden ayudarnos a verificar la información y a cubrirla, de manera tal que se conviertan con nosotros en editores.


Vale la pena leerla entera. INcluyendo el uso del condicional cuando se refiere a la Ley de Medios y su desagrado por la concentración de la propiedad. Ah, Bill, mirá que es de Servicios Audiovisuales la ley, eh. Por si en Clarín no te explicaron.

Sincericidio

Quisiera saber escribir bien para escribir lo que voy a escribir. Quisiera tener la misma facilidad que a veces, muy de vez en cuando, tengo para hablar. No para hablar delante de muchos. No. Mano a mano, charlando.

Cada día que pasa tengo menos y menos ganas de escribir de política en el blog. Y no porque haya perdido el interés ni mucho menos. Pero veo como se va acentuando, cada día un poco más, un cachito más, las posiciones maniqueas y absolutistas en el abordaje de cualquier tópico. Y vale para la izquierda, para la derecha, para arriba y para abajo. Vale, sobre todo, para nosotros. Y que se meta dentro del nosotros el que tenga ganas de meterse en el nosotros conmigo.

La futbolización de la política es una berretada. Porque hasta en la cancha, cuando vamos perdiendo como casi siempre –y ahí gritamos más fuerte para alentar, claro, “en las buenas y en las malas”, sobre todo en las malas- siempre hay un entretiempo donde respiramos profundo y nos decimos: “qué manera de jugar para el orto, eh. Habría que meter un par de cambios, dar dos pases seguidos, algo”.

Y lo que está pasando es algo así. Si lo hace tal está bien porque yo lo banco, si lo hace X está mal porque es tal y tal cosa. No aguanto más leer que vivimos en una dictadura, que el país está al borde la anarquía ni que el pase de Colombi está bien. No está bien. No.

Así no me gusta. Me gusta discutir las cosas con razones, con argumentos, con motivos. Con pasión, claro. Pero con ciertos códigos de, riansé, la política.

La inmensa mayoría de los medios, de los editorialistas, de los opinadores y de los políticos, están sacados. También muchos de nosotros. Entonces bancamos cualquier cosa con tal de “defendernos” de cualquier cosa. Y ojo: no estoy pidiendo fair play ni esos “consensos” pelotudos sobre tres o cuatro cosas en las que ponernos de acuerdo fácil. No. La democracia es conflicto. Pero la política es la administración de ese conflicto. Cuando la política sale de juego, entran los fanáticos. Los extremistas. Y lo voy a decir: te puedo llegar a entender a un revolucionario que sea extremista, claro que sí. Pero a un radical? A un liberal? A un peronista? A un Nac&Pop? A cualquier tipo que se titule demócrata? Eso es un oxímoron, muchachos.

Sé que esto puedo ser atacado desde muchos lados, sobre todo desde este: “eh, puto, no bancás los trapos!” Bueno: yo banco los trapos de este modo. Quizás sigo siendo el mismo pelotudo de siempre, pero creo que hacer política es convencer a los demás. A la mayoría de los demás. Tratar de demostrar que nuestras ideas, nuestros sueños y nuestras maneras de conseguirlos, son mejores que las otras.

Se está perdiendo, a lo largo y a lo ancho de todos lados, la elegancia y la estética. No me gusta polemizar con idiotas ni de un lado ni del otro. Soy medio soberbio. Y no puedo evitar sentirme mal por eso. Y no puedo evitar ir perdiendo las ganas de escribir.

Apuntes sobre Psicogeografía Argenta

“Más viajo a la Costa, más entiendo a Mendieta”.

Alguna vez leí por ahí que todo el saber de Leonardo Da Vinci cabría hoy en un pendrive. ¿Qué tremenda pelotudez, no? Pensar que el saber se puede acumular, digo.
Sin embargo, lo que es innegable de los tiempos que corren, y cómo corren, es la ultraespecialización de cada saber, de cada rama de la ciencia, de cada periodista deportivo.
Es así que hace rato que vengo postulando, entre bar y bar, la necesidad de fundar una nueva especialidad: la psicogeografía.
No se rían. Lo digo en serio. Sospecho que la estructura mental (con perdón de la palabra estructura, claro, que está más demodé que la palabra “organización” en una fuerza política) de un ser humano tendría fuertes ligazones con el ambiente geográfico en donde transcurra su infancia y su temprana adolescencia. Momento en el que, y eso sí lo sabemos todos, se constituyen algunas de las características psíquicas de cada uno de nosotros. Y ojo: digo “sospecho” y “tendrían” nada más para hacerme el modesto y concursar alguna beca del Conicet cosa de hacer la investigación, pero, entre nosotros, no digan nada, estoy seguro.
Ponele: Un tipo de la pampa tiene una relación con el espacio, y por ende con lo finito y lo infinito y, por consiguiente, con la trascendencia, radicalmente distinta de un chabón de la cordillera. Hipoteticemos: te levantás en Quemú Quemú y mirás para todos lados y sólo ves horizonte. Pasto y horizonte. A lo sumo un alambrado en el medio, pero poco más. Necesariamente, esa aparente monotonía –insisto: aparente, que para algo están los baqueanos cimarrones- generará un espíritu afecto a la imaginación surrealista, un ahorro patológico de palabras, cierta inclinación a la soberbia (si todo es infinito, ¿por qué no yo mismo?) y una tendencia irrefrenable y comprensible a enfrentarse con Dios: si hiciste así de chato todo,  te discuto mano a mano, que a mí me da el cuero.
En cambio, un tipo nacido y criado al pie de un cerro será diferente. Consciente de su inmensa pequeñez, que no es necesario mirar al cosmos con el Aconcagua ahí. Hay, en su alma, matices de colores y sombras que reflejan las escarpadas y los valles. Será la constancia y el empeño y la relación con el tiempo una de sus cualidades. Que subir la cuesta no se hace rápido ni de golpe, que estamos yendo pero para llegar, despacio, pero sin parar. Y Dios, aún para los ateos, los agnósticos e incluso, y sobre todo, para los apóstatas montañeros, es un tipo de temer y respetar.
Se preguntarán, espero, cuáles son las características psicogeográficas de los nacidos frente al mar. Bien, que ahí quería llegar. Una irrefrenable pasión por la crítica y la autocrítica nacida de la contemplación de las olas. También, surgida de ahí, cierta inclinación al pragmatismo: “Si, todo muy lindo, allá vemos el horizonte, pero en el medio las cosas se mueven, cambian casi constantemente y si queremos llegar tenemos que ir adaptando las velas”. Consciente de lo eterno y de sus límites, que para eso basta intentar contar los granos de arena, ayer montañas, de un médano. Cambiante, dubitativo, inquisidor.A veces sí, a veces no. Como las mareas. Afecto a la metafísica de rastrón y a las inutilidades. Y así de cambiante su relación con la divinidad: son, en su amplia mayoría, ateos no practicantes. No sea cosa de que mañana haya sudestada y yo sin mi estampita.
Podría seguir y establecer luego diferentes particularidades. Que no es lo mismo si vivís en un pueblo de mar que si vivís en el edificio Havanna de Mar del Plata, en el Cerro Colorado que en el Cerro Castor. O la influencia psicológica de un río largo. O ancho. Pero eso lo dejamos para la tesis.
Sólo voy a terminar bosquejando algunos caracteres patagónicos versión costado atlántico: mezclen mar, desierto, una montaña en el horizonte, un río donde termina la ciudad, cerca de las casitas y agreguen viento. Mucho viento. Está jodida la cosa.

Escribir de memoria

Cuando hoy leo "ésta" nota publicada ayer en Crítica, no puedo dejar de pensar en lo difícil que es, cuando uno escribe, salir de las simplificaciones y del "sentido común". Sentido común que, por cierto, es alimentado cotidianamente por notas como la que aquí comentamos.

Por un lado, juzgar la labor parlamentaria por la cantidad de proyectos presentados por los legisladores -algo que se puso de moda con el surgimiento de los "Centros de Estudios" de Organizaciones de la Sociedad Civil alla CIPPEC allá bien entrados los 90- es de una simplificación realmente preocupante. Cualquier papanatas sabe que la productividad de un presidente de una Comisión importante (¿y hay alguna más importante que Presupuesto?)no se mide en proyectos presentados.

Pero lo otro es infinitamente peor, porque ya entra en el terreno de no permitir que la realidad nos arruine una buena nota. Decir que este año no tuvo producción parlamentaria es francamente risible. Si algo debe rescatarse del 2008 y de éste año, es el altísimo protagonismo alcanzado por el Congreso Nacional en más de un par de temas sensibles e importantes.

Lo que llama la atención en este abordaje es que el autor de la nota, Eduardo Tagliaferro, tiene una larga experiencia como cronista en el Congreso. Pero claro, resulta más sencillo atarse a lo remanido: los diputados son vagos.
Sería algo así como pensar que Tagliaferro, porque supo escribir en Página, defender las causas de derechos humanos y simpatizar con la centroizquierda democrática, sigue siendo "de la nueva camada progresista del periodismo".

Música para la monada

Un día de estos, una semana de estas, un año de estos, vuelvo a escribir.
Mientras tanto, un poco de música.


Morir

Ni cuando se muere "un malo" el mundo pasa a ser un lugar mejor, ni cuendo mueren "los buenos" las cosas empeoran. Porque el mundo no anda con chiquiteces.
Sólo nos vamos quedando un poco más solos. Un poco más solos para combatir a los malos, un poco más solos para aprender de los buenos.
Pero por un rato.
Porque siempre habrá patas en las fuentes.
Salpicando un cacho de justicia poética por ahí.