15 octubre 2010

Al caer el viernes.

Hoy, muchachos, tuve un día difícil. Mi trabajo, muchachos -lo saben mis amigos- es a veces un tanto complicado. Y -es loco- no lo siento como un trabajo, como decir, real. Será la memoria genética, mi pasado de empleado municipal, de heladero, de volantero, de pintor de brocha gorda, de periodista, de empleado de inmobiliaria, de profesor de tenis (ese tampoco era un trabajo, vamos), de despachante de naftas, de tantas cosas de trabajador calificado para romperse el lomo y ganar peor.

Por eso ahora miro mis manos, mientras tipeo, y ya no tengo callos y a veces ahí tengo culpas, dudas, preguntas e insomnios. ¿Hago todo lo que puedo? ¿Lo que hago, sirve de algo? ¿A quién le sirve lo que hago? Casi ni rastros quedan, incluso, del callo del dedo mayor de la mano izquierda, donde apoyaba 8 horas todos los días la bic azul punta gruesa.
Por eso, solo por eso, no me quejo (mucho, un poquito a veces si, que hasta el gaucho más valiente necesita una pava amarga que le caliente el alma).
No me quejo porque no olvido a mi viejo saliendo a las 6 de la mañana a cargar medias reses en la cámara frigorífica. Ni olvido a mi vieja pintándose las uñas color rosa municipal en la parada del colectivo.
No olvido, tampoco, que a esta hora, en miles de pueblos y ciudades de mi país hay motitos como hormigas yendo de un lado al otro. Motitos-hormigas-trabajadoras con dos, tres y hasta cuatro arriba. Vamos al almacén, hay que comprar un cuaderno para el Tomi y unas medias para la Rosita y pasar por la quiniela y jugar al 24 en la bonaerense nocturna.

Miro mis manos, ahora, escribo, y veo atardeceres populares. No te olvides de traer un vino después de pasar por el club y jugar al truco con los vagos esos. Y no seas atorrante, negro, vení temprano que si no esta noche no me tocás un pelo, me entendés?

Miro mis manos, mis manos de funcionario, de burócrata. No gané ningún concurso para estar donde estoy. Estoy ahí por un mezcla de contactos, de cierta experiencia, de amigos, de compañeros militantes, de aguante, de responsabilidad, de orto. Estoy ahí hasta que me canse de estar ahí. Hasta que la malasangre que me hago en días como hoy sea insportable para mi salud. Hasta que pueda seguir mordiéndome la lengua antes de mandar a la recalcada concha de su madre a varios que se lo merecen (Vos, compañero trabajador de prensa, tenés la mínima idea de la responsabilidad social que tiene tu móvil incendiario?¿vos, amigo titulador, sabés cómo se asusta un viejo si piensa que hoy no le van a dar el remedio del corazón porque dijiste que cerramos y nos fuimos a River? ¿vos, sabés?)

Miro mis manos, se hace oscuro, cae la noche del viernes y miro mis manos y la alfombra sucia de mi oficina. Y al lado de las dudas en los dedos veo el orgullo de muchos de mis compañeros de trabajo para tratar de hacer bien las cosas que nos tocan hacer. De no tener horarios (¿saben cuánto hace que mi teléfono no se apaga nunca?). De una especie de amor por algo tan inexistentemente real como una idea de justicia.

Como escribí hace un rato: me alimento del odio de todos esos que odian a mis hermanos laburantes que toman los trenes suburbanos y los bondis que empiezan con 500 de número. Mis vitaminas son ese odio de los que dicen que ellos, mis hermanos, son animales, brutos, chorros, negros, mierdas, mandales Osama un Exocet.
Hoy, sepan que ustedes, ustedes que dejaron los foros de los diarios llenos de pestilente mierda racista; ustedes, pobres infelices que no saben amar, ustedes, me dieron fuerza para bancarme mi día de trabajo de mierda.  

Miro mis manos. Mis manos llenas de amor y dudas.
¿Cuál es aquel camino que tengo que tomar? Apostamos. Siempre apostamos. Ahí vamos yendo.

17 comentarios:

Fede M dijo...

Uf... como te banco Mendieta.

Gustavo Arballo dijo...

Profesor de tenis es toda una sorpresa.

Pero el bosque detrás: llegar tumbado al viernes, atardeceres populares, preguntarse si lo que hago sirve, teléfonos del turno sin horarioos, alimentación emocional mirando a las motitos. Che, la orga en que milito, el PJ, necesita mucho de eso. Pe Jota, de Poder Judicial.

elojocondientes dijo...

Muy bueno dos Mendieta!

Gaviot dijo...

Idem que Fede. Yo no veo tus manos, solo te leo, y siento en lo que escribís un poco del mundo que imagino y por el cual lucho. Gracias

MarianoMundo dijo...

Zarpado loco.
Sabés que medio por azar, medio porque quiero, estoy viviendo nuevamente en la provincia. Me tomo uno de esos bondis, a las 7 de la mañana, todos los putos días, y después un tren, unas 15 estaciones, de dorapa.
Y así como vos, voy mirando a la gente, mientras se va llenando el colectivo de trabajadores, siempre con sus bolsitos, y los pibes con guardapolvos blancos de los lunes recién lavados, y ese olor a colonia lavanda de las mujeres. Y también los escucho hablar y reír, en esa mezcla de guaraní y castellano hablado entre dientes, mientras atravesamos de cuajo el Conurbano y nos vamos mezclando de oficinistas y secretarias. A la vuelta hacemos el viaje juntos desde el subte, con el pelo todavía húmedo, recién salidos de la fábrica o de la obra, las manos callosas que se agarran de los pasamanos. Algunos nos vamos quedando dormidos en el 500, con las últimas luces del atardecer suburbano en el lomo, contando las monedas para el bondi de mañana.

Paola dijo...

A nosotros nos une el amor por los que estan más abajo. A los indignados comentaristas del caos, los une el espanto.

acantilados dijo...

ya sabe que una de las primeras cosas que amé de usted son sus manos... eso

Udi dijo...

El aguante, mi estimado Mendieta, la mayoría de las veces no está hecho de grandes actos heroicos, sino de esa resistencia cotidiana. Comprenderlo es crecer. Y usted va por buen camino, créame...
Un abrazo, salud, y resistencia !

Eva Row dijo...

el amor por algo tan inexistentemente real como una idea de justicia...

Fuerte Mendieta, muy fuerte, todos estamos más o menos en lo mismo, y encima con culpa por los que sufren mucho más que nosotros.

Contando lo tuyo estás retratando al que te lee; estás regalando las palabras que el lector no ha podido generar tan maravillosamente.

Las palabras sanan, la falta de palabras ahoga, enferma. Poner palabras a los dolores compartidos es hacer una caricia. Así que gracias.

chinoclau dijo...

las manos pueden mutar para asi adaptarse de la mejor manera a nuestros oficios terrestres pero sin perder la memoria intangible de los caminos recorridos por si hiciera falta recurrir a ellos.

Ariel dijo...

De nuevo: grande Mendieta! Pero no importa si hace mucho que no hay callos en las manos... importa cuánto te duelen los callos en las manos, las espaldas cansadas, el desánimo de los que andan lado a lado atrás de una jornada digna, no? Un abrazo

Alejandro dijo...

No pasa nada, Mendieta. Somos más... y sobre todo, tenemos razón. Venceremos. Abrazo!

Alejandro Bresler dijo...

Y a mí me da fuerza gente como vos, que escribe cosas así, que piensa y siente cosas así, Mendieta. No sabés cuanto te agradezco este post. Un abrazo

Florencia dijo...

Gracias por este post, Mendieta. Por el amor, por la autenticidad, por la lección. Abrazo!

Anónimo dijo...

Otro ñoquis. Saludos

Alexandra Vega Rivera dijo...

Que lucidez la tuya al escribir, haz logrado socavar una de las escencias más fuertes y sublimes de tu pueblo, la misma que los hace fuertes o débiles y es la identificación con su par, el vecino como amigo, la fraternidad. Que lucidez la tuya al parir estas lineas. Saludos.

Ignacio A dijo...

Mira mis manos, llenas de hermanos.