Una de las cosas que andan obsesionando a Mendieta es la distancia abismal entre la realidad y las lecturas que hacemos de ella. Ya sé. No pretendo embarcarme en una discusión profunda, teórica, fundada. Filosófica. Esto es un blog. Que la realidad es una visión ideológica, que no hay objetivismo capaz de dar cuenta de ella, que el relativismo y que patatín y patatán ya lo sabemos todos.
Mi preocupación es mucho más pedestre, sencilla si quieren. Humana. Así que académicos, investigadores, becarios, especialistas, técnicos, consultores BID y otras yerbas, les pido un favor: no me bajen línea explicándome que esa distancia, entre realidad y lectura, es infranqueable.
Pero deténganse un minuto, y en vez de ponerse a pensar, estudiar, relevar, cuantificar, estratificar y planificar, pónganse a sentir.
Hoy, un poco tarde, leía ésta entrevista de Jorge Halperín a Lucas Rubinich, interesante hacia atrás y hacia adelante, pero permítanme resaltar sus últimos párrafos:
“–Creo que el problema mayor es que la igualdad social no es prioridad para nadie. Estoy hablando del conjunto de la sociedad, las fuerzas políticas, los distintos actores políticos, los medios...
–Es muy oportuno hablar de eso porque el tema no está en “agenda”. Y yo diría algo de una manera muy contundente. Para reconstruir este cuadro de extremo deterioro que dejó la Argentina desde el ’75, ’76 en adelante, pero con fuerza en el ’90, hay que aplicar, en términos de salud y de educación, políticas de posguerra. No se puede salir si no se hacen políticas de posguerra. Hacer las cosas bien no alcanza.
–En otras palabras, asumir la catástrofe...
–Las políticas públicas no pueden seguir copiando tranquilamente los criterios de eficiencia promovidos por el Banco Mundial en la década del ’90, y decir “ayudamos un poquito más, somos más, somos más asistencialistas, somos menos asistencialistas”. No. Hay que aplicar una política postcatástrofe. Tiene que haber una inversión extraordinaria de dinero, de energía humana, de perfeccionamiento del personal, de movilización social, todo en enorme escala. Es la única manera de encontrar una solución”.
Me quedo con “Hay que aplicar una política postcatástrofe”. Entonces, ¿cómo y qué hacemos?
Juntar mucha guita, mucha en serio. Juntar muchos de esos programas y programitas dispersos por los Ministerios de Desarrollo Social, Educación, Salud y etcétera. Hacer uno solo. Grande. Faraónico. Monumental. Quinquenal. Acordar con las provincias y los municipios (intentar que también pongan guita, aunque va a ser medio difícil) y que pongan los recursos humanos de sus respectivas administraciones a laburar ahí. Y bajar al territorio con tremendo aparataje de inclusión social: médicos, maestros, trabajadores sociales, trabajadores comunitarios y Canal 7.
¿Por dónde empezaría? Empezaría por esos lugares del interior profundo en donde primero se fue el tren, después se fue el trabajo y después la dignidad. Hoy, a esos pueblos, no llega el Estado en ninguno de sus tres niveles (nacional, provincial o municipal). Y, también, por el segundo cordón del conurbano bonaerense.
Ahí está el núcleo duro de la exclusión social. Ahí tienen que estar, ahora, los que pensamos que el poder del Estado tiene como deber ineludible hacerse cargo de los que todavía no pueden poder.
O lo que es lo mismo: que el 14 bis no quita el hambre, ni educa, ni cura.








