
Digamos que todo lo que viene, de aquí en más, es pura ficción y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. También supongamos, solo por suponer, que no hablamos de la política Argentina y muchísimo menos de la Ciudad de Buenos Aires. Imaginemos que vamos a hablar de fenómenos universales, pero para simplificar nomás asumimos que estamos en cualquier lugar del globo. Ponele acá. Y, por último, pongámonos de acuerdo en que Mendieta habla de esto sólo por hablar y porque se lo contó un amigo que “anda” en política. O sea, empezamos por abrir el paraguas para que nadie se sienta ofendido y para que nadie tenga la excusa como para venir a aplicarnos una antirrábica correctiva.
Ahora, sin más preámbulos, vamos con nuestra sentencia en clave de teorema:
“Para el campo popular, el “maximalismo” siendo oposición es tan pernicioso como el “posibilismo” siendo gobierno”.
A los ejemplos para que se entienda.
“El maximalismo siendo oposición”. Digamos que sos militante de un reconocido Centro Cultural porteño. Tenés trayectoria, trabajo consecuente por varios años y un esforzado pero consistente trabajo barrial comunitario. Funcionás, de manera irregular, en un espacio “recuperado” y cedido precariamente por el gobierno municipal, lo que te impide pegar un salto cualitativo en el desarrollo de tu planificación al estar sujeto a los vaivanes discrecionales de los funcionarios de turno. En buen romance: cuando a los de la “Muni” se les cante, te pegan una patada en el culo y todo se va al carajo. Claro que siempre hay un legislador “amigo” que aparece y te tira una idea: “vayamos con un proyecto de expropiación del predio y la cesión definitiva al Centro Cultural”. La idea te gusta, porque sos revolucionario pero no boludo y “puede andar”. Así que empezás a juntar votos entre los distintos bloques de la Legislatura. La empresa no es sencilla ya que, digamos que en esa hipotética ciudad, se necesitan 2/3 del total de la Cámara de Representantes para la sanción de una expropiación (si prefieren los números concretos, digamos 40 votos sobre 60). Caminás y caminás los pasillos de Legislandia por semanas, entregás carpetas con la historia del Centro hasta a los pibes que venden café en los pasillos y vas punteando cuántas manos se van a levantar cuando se trate tu proyecto. Y un día, después de meses de “juntas de asesores”, “plenarios de comisiones”, y “reuniones de la Labor Parlamentaria”, el expediente, por fin, llega al recinto para ser tratado.
Pero hete aquí que, recordemos, había que juntar 40 votitos. Y la Cámara en cuestión se caracteriza por la dispersión y la profusión de bloques. O sea: hay que negociar. Y digamos, también que hay otros dos proyectos, de dos bloques numerosos, que también necesitan 40 votos para salir: una cesión sin cargo de un predio para un sindicato X debajo de una autopista y una prórroga de cesión para una comunidad religiosa (onda Opus Dei). Entonces, los que impulsan estos proyectos, que no son revolucionarios pero tampoco boludos, necesitan el voto de tu amigo legislador para llegar a los 40 y te ofrecen: “vamos, sacamos los tres de un saque”. Apalalá, ¿y ahora? ¿Qué hacemos? Empiezan los conciliábulos, los cuartos intermedios, las negociaciones en los pasillos. Tu legislador amigo es buen tipo, ideológicamente “correcto”, intachable en las roscas y afirma muy suelto de cuerpo: “no me voy a prestar a componendas de este tipo”. Entonces los del Centro Cultural se ceban, se dan máquina para ver quién es más inflexible y terminan puteando desde los palcos a diestra y siniestra. La sesión se cae sin que se trate ninguno y los bloques mayoritarios se retiran mascullando por lo bajo un diplomático “que se vayan a cagar”.
¿Y cómo termina la historia? Que en la próxima sesión, o en la otra, ya no necesitan el voto de tu legislador amigo porque volvió ese legislador que estaba de viaje por París y esa legisladora que estaba con parte de ausente porque se había hecho las tetas. Y te sacan por un tubo la cesión del predio del sindicato y de la comunidad religiosa (onda Opus Dei). ¿Y el Centro Cultural popular, barrial y comunitario? Bien gracias. Vuelta a comisión.
He aquí un ejemplo fáctico de “maximalismo siendo oposición”.
Como se hizo muy largo, reservo el desarrollo de “posibilismo siendo gobierno” para otro post. Pero digamos que un amigo de Mendieta que desde hace poco tiene funciones ejecutivas de gobierno anda medio horrorizado al ver como se naturaliza entre los funcionarios la enorme brecha existente entre las “Memorias de Gestión” y la cruel, cruelísima, real realidad en los territorios.
¿Me expliqué?