
Hay días en que me gustaría postear de Hillary o de Obama. Hasta de Zapatero o Rajoy. Pero desde allá. Días en que me gustaría hablar en inglés y leer de corrido el New York Times. O ir a París o New York o Londres y sentirme un ciudadano del mundo. Hay días en que me hubiera gustado jugar en Roland Garros y que me quedaran las medias sucias de polvo de ladrillo. O ir a Hawai y montar una ola en la tabla y que se haga un tubo y ver las palmeras en la orilla. Son días en que me pregunto para qué carajo alguna vez saqué el pasaporte ese que está al fondo de la mesita de luz.
Hay otros días en que me imagino en esa playita de Ilha Grande vendiendo cervezas y empanadas de Sirí. Calzando un bermudas furiosamente anaranjado y una remera cualquiera con algún slogan del PT y esas estrellas rojas tan de design. O simplemente en Montevideo, vendiendo diarios en la 18 de Julio y por la noche tocando un zurdo con la murga del Barrio Viejo. Esos son días en que me agarra cierto latinoamericanismo existencial.
También hay días en que me pregunto por qué no puse ese bar que soñaba arriba del muelle en La Lucila del Mar. Ese que iba a tener una biblioteca de libros de viajeros al lado de un sillón viejo en dónde, por las noches, bien tarde, me iba a sentar a tomar ron y fumar espiando la espuma que se forma alrededor de los pilotes cuando sopla el este despacio. Ese bar, que en mi imaginación está pintado de tonos de azul y los manteles son bien blancos y siempre hay aroma a café recién molido, especialmente cuando amanece. Ese bar en el que, por fin, iba a dejarme de joder y entre parroquiano y parroquiano, me iba a dedicar a escribir algunos cuentos y una nouvelle. En esos días el pasado me llama travestido de futuro perfecto.
Y después están la mayoría de los días. Como el de hoy, por ejemplo. Días en que después de laburar doce horas me pregunto si lo que hago sirve para algo. Si alguna vez sirvió para algo, si algún día servirá. Días en el que reviso millones de papeles, me reúno con distintos tipos que hacen algo parecido a lo que yo hago, puteo con la corbata en el cuello, veo las memorias de gestión tapizadas de índices que mucho dicen y que lejos, lejísimo, están de explicarme por qué carajo pasa lo que pasa. O mejor dicho, por qué siguen pasando. O peor: si alguna vez dejarán de pasar. Esos son los días en que me siento particularmente impotente.