
Todavía estamos un poco alicaídos con nuestro paupérrimo desempeño en los vaticinios gabineteriles. Sólo nos consuela el hecho de ver cómo la infinidad de notas periodísticas que, a diestra y siniestra, fueron apareciendo en estos días sobre el tema no anduvieron mucho mejor que nosotros. Acertamos sólo 5 de 12, un 40%, o 4 sobre 10, así que aprobamos como gran parte de nuestras calificaciones universitarias. Cuatrerismo, bah.
Ahora se vienen días de análisis. Con esa propensión tan argentina de opinar una vez que la chapa está puesta y, al mismo tiempo, elucubrar una serie interminable de conspiraciones, operaciones de tal sobre cual, balances de quiénes ganaron terreno y quiénes perdieron. Etcétera. Algo casi tan interesante como los reportajes que les hacen a los jugadores en pleno túnel una vez terminados los partidos. Lindo para terminar el domingo, pero insuficiente para saber quién va a ganar el campeonato.
Mendieta se resiste a entrar en esa. Algunos de los nombrados le resultan simpáticos, otros no y otros desconocidos. Para empezar, y con la poquísima data que hay, le parece auspicioso la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (creo que se llama así). Por el momento evitaré la tentación de dar mi impresión sobre los designados, en especial de los nuevos que entran.
Pongo como excusa y mascarón de proa el siguiente textual de una de las últimas entrevistas que diera Silvia Bleichmar (Revista Caras y Caretas -Septiembre 2007): “La mezcla de cinismo e ingenuidad de nuestra ciudadanía es impactante. El argentino tiene algo de histérico, dispuesto a comprar cualquier ilusión que le vendan y al mismo tiempo profundamente avergonzado de su credulidad”. (Paréntesis: ¿Se referiría a los argentinos en general o a nosotros los porteños? Cierro).
Como Mendieta no se avergüenza de ser crédulo (y se resiste a asumirse como cínico a pesar de los consejos de su analista de medios) sólo va a opinar de los futuros ministros cuando asuman como tales y comiencen a ejecutar sus planes de gobierno (si es que los tuviesen). Primero, porque creo que hay que ir rescatando el “hacer” política (o “gestión”, u “oposición”) sobre el “opinar de”.
Somos un país sobre-opinado y sub-ejecutado. Y sub-pensado. Y sub-debatido. Y sub-planificado. Y sub-serio (ya me veo venir al ataque a unos cuantos tirándome por la supuesta contradicción entre mi crítica simpatía por el oficialismo y estas opiniones. Vengan, nomás).
Segundo, porque me importa mucho más discutir de proyectos que de nombres.
