05 junio 2010

Ida y vuelta


¿Por dónde empezar cuándo no se sabe dónde ir? Por el principio, diría el marinero que un día lo salvó del final. Un final que tenía gusto salado en los pulmones y el sonido del silencio que tiene lo submarino.
Tenía diez años y un corte de pelo como Carlitos Balá. El marinero no era marinero, pero tenía un ojo para ver debajo del agua y entonces vio, desde arriba vio, que lo único que flotaba era un flequillo.
Dije que él tenía diez años y que era más valiente de lo que fue luego en toda su vida. Más valiente, mucho más valiente, que el fin de semana de cinco años después en que llegó a Retiro y se tomó el tren a Lincoln, ¿o era Bragado?, sólo porque había recibido una carta con estampillas de flores por delante y un nombre sin dirección por detrás. ¿Qué tan grande puede ser Lincoln, o Bragado, cuando tenés 15 años y un sobre perfumado en el bolsillo del pantalón?
Claro que era valiente. Incluso más que ocho años después de ese día de mar y sol. Antes ya se había caído rodando por la pendiente de la avenida Colón -carajo, qué vértigo- para terminar desparramado sobre la arena sin mayores daños, salvo un corazón roto y un pasaje de vuelta como único remedio.
Aquel día, el día más valiente de todos -¿dije que tenía sólo diez años?-, el pibe solo pretendía cruzar la rompiente y llegar a África. O por ahí.
Después, disimulando la cobardía detrás de un bolso, se hizo adicto a los colectivos y a las terminales. Y vale la pena parar un rato acá y sentarse en la banquina. Cada terminal siempre esconde dos: la del que llega y la del que se va. Dicen que por eso es imposible comprar pasajes de ida y vuelta en algunas boleterías y en las encrucijadas.
Así pues, suponemos, que el principio de esta historia que nunca me contó fue aquel día en que empezó a tenerle miedo al agua. Porque justo se subió al micro y partió, cuando yo recién llegaba.

5 comentarios:

Abrazo dijo...

Bellisimo!!!!!!!!!!!!!!

Ariel dijo...

ah mendieta... así no se puede viejo! golpe bajísimo! Hablando en serio, para los que tomamos muchos trenes, coles, la lanchita Tigre - Carmelo, e incluso aviones porque teníamos un sobrecito perfumado en el bolsillo (o un e-mail en la casilla de correos que quemaba el alma tanto como aquella carta en papel) es un texto muy lindo. Saludos.

Sergio dijo...

Lindo texto...sobre todo para aqeullos que en algún momento de nuestras vidas sentimos que la valentía (o la ausencia de pasividad)crecía en nuestras entrañas, mientras nos calzábamos un bolso al hombro...

Te sigo y abarzo!!

Eleonor dijo...

Redondo y bello texto, Mendieta.

Anónimo dijo...

Me encantó!!!
Sofía