14 enero 2009

Cosas sin nombre

Había llegado a ese pueblo bajando del Norte desde año nuevo. Los días habían transcurrido con una sequía de fantasías que ya empezaba a atormentarlo. Ese sí es un problema: cuando se está acostumbrado a soñar para vivir, vivir los sueños se puede tornar angustiante.

Antes de comenzar el viaje, como en cada viaje, había mantenido dos rituales que lo acompañaban desde la primera vez: llenarse de mapas que luego iba a estudiar con precisión obsesiva a medida que pasaban los kilómetros y fantasear con cómo podría ser su vida en cada uno de los nuevos sitios que iba a recorriendo.

Porque si algo hacía desde siempre era pensar que todavía, ahora orillando ya los cuarenta, no había encontrado el lugar en donde quedarse. Y no es que se hubiera mudado mucho, no. Había bastado una vez, una solo destierro, para clavar esa sospecha en su alma. Porque cuando un hombre parte una vez, parte para siempre y nunca puede volver. No hay regreso y un día, incluso después de firmar la escritura y varios papeles más, te asumís como errante, que de errores se hacen los pingos y los perros.

La cosa es que andaba, en esa noche, bajo la sombra del cerro que ella había definido al llegar como “un elefante dormido, pero con los ojos abiertos”. Andaba, él que había llegado del norte pero venía del sur, bordeando una plaza, esquivando cordones y tratando de tropezar con un vaso. Así que se alisó la camisa, tanteó que todavía tuviera ese billete en el bolsillo del jean y entró al bar de ese pueblo que todavía sabía maltratar a los turistas.
-¿Qué anda buscando?


-Me trae un vino, por favor, tinto.


-Depende, dijo el viejo que escapando de la penumbra había venido a atenderlo.

-¿Cómo qué depende? ¿De qué depende?


-De lo que haya venido a buscar acá.


-Entré a buscar un vino, sólo eso. Pero ahora que lo pienso busco charla, ¿sabe?
-Entonces se equivocó de lugar. Acá sólo hay vino.


-Traigalo. Y déjeme seguir buscando. Cómo ese amigo que ahora dice estar buscando la felicidad.


-No hay que buscar, amigo. No se equivoque. Nunca hay que salir a buscar. Eso es de pretenciosos y engrupidos. Un verdadero hombre nunca busca, sólo sale al camino. Hay una disposición del alma, sabe, que es mucho más difícil y corajuda que la del conquistador: se trata de abandonarse a algo, que algunos llaman destino, pero yo no. Y allí, abandonado, se deja encontrar. Por la tierra, por la noche, por el vino, por el amor.


-Y si eso no merece ser llamado destino, ¿qué es?


-Hay cosas en el mundo que no tienen palabras que las nombre, vaya sabiendo. Y no se vaya sin pagar, que el vino es invitación, pero el consejo no.

2 comentarios:

Charlie Boyle dijo...

Mendieta, cuando uno decide volver uno ya está allá.

Cosas dichas dijo...

A veces nuestro lenguaje no alcanza a nominar

Saludos por el regreso (al blog)