23 diciembre 2008

El viaje

Y de golpe, se vio solo. Por una parte de la ventana, la que daba al balcón y al oeste, entraba, a pesar de las nubes, un potente brillo. De esos que lo hacían lagrimear cuando caminaba por la calle y lo obligaban a los lentes de sol. Siempre hacía el mismo chiste malo: es por mis ojos claros, decía, y sus interlocutores hacían como que se reían.
La otra parte de esa ventana, oscurecida por la hoja de la persiana entornada, le devolvía su imagen en el vidrio.

Lo asombró verse ahí, en esa habitación, tan llena de presente. De vez en cuando escuchaba el motor de los colectivos acelerando para doblar en la esquina, pero reinaba –en esas primeras horas de la tarde- el ruido del silencio y un martillo a lo lejos.

Se sobresaltó cuando prestó atención a su propia cara, ahí en el espejo-vidrio: las ojeras ya no eran el subproducto de una madrugada de bares y vino tinto. Esas intrusas habían llegado para quedarse, sin preguntar ni pedir permiso. A pesar de eso, no se sintió del todo viejo y empezó a pensar que le quedaban bien con el personaje. Ya era hora de que no me dieran menos años de los que llevo en la espalda, se dijo.

Se aflojó la corbata, prendió el anteúltimo cigarrillo que iba a fumar hasta el próximo anteúltimo y prendió la computadora para chequear el correo por enésima vez en el día. Despacio, muy despacio, con todo el tiempo del mundo a pesar de que todavía no había comprado esos malditos regalos de Navidad, fue hasta la cocina para poner la pava y cebarse unos mates.
Para ese entonces ya sabía, con profunda certeza, que el momento –ese que tanto había gambeteado los últimos días- había llegado. Como las ojeras, sin pedir permiso. Hizo un último intento de resistencia, pero sin demasiada convicción: ahora no, todavía no, me falta un poco por favor, necesito aunque sea una semana más. Igual fue en vano, estaba ahí y no se iba a ir, mucho menos si la estrategia para que se fuera era suplicarle.
Así que cuando la pava empezó a silbar aflojó los hombros y se entregó: estaba solo y tenía que parar y ponerse a reflexionar.
Sin embargo, cuando ya se daba por vencido y, obsesivo y meticuloso, empezaba a garabatear en una hoja de diario las palabras sueltas que lo llevaban por el arduo sendero dosmilochense, algo sucedió.

La música empezó a sonar desde los parlantes llenando la habitación sin que nadie –recuerden, por primera vez en mucho tiempo estaba solo- apretara play.
Dejó el mate, se paró y escribió en su celular: todo está ahí adelante después de esa curva, ¿sabés?, yendo al norte, bien al norte. Y apretó send.

Y ya no fue necesario ningún balance, ninguna anotación, ninguna palabra.

El viaje sigue igual.

8 comentarios:

eliana dijo...

Mendieta el corazón se me aflojó y hasta quiero soltar alguna lágrima...es inevitable pero estas fechas lo ponen nostálgico a uno. Excelente!.

guille dijo...

La vida es un viaje que vale la pena ,felices fiestas perro talentoso.
Saludos.

{ § } dijo...

[ gran banda para la road movie vital

[ felicitates mendieta

[ ¡! 09

Cosas dichas dijo...

De la cantidad de palabras agrupadas en sentencias firmes, de párrafo en párrafo que leído por estas fechas, sin lugar a dudas las que esboza su pluma son las únicas que verdaderamente me han llegado.
Abrazo y que la ilusión de epifanía (y el miedo que provoca)se perpetúe lo necesario.

Charlie Boyle dijo...

Mendieta, un gran abrazo republicano de navidad compañero.

Surito dijo...

¡Felicidades Mendieta!
Y toda la fuerza para 2009, que va a hacer falta.
Un abrazo.

Demóstenes dijo...

Abrzo peruKa, compañero!!! A no aflojar que su blog es vital para nuestra vida!!!

Retobadita dijo...

Cómo pegan sus palabras (y la música q empezó a sonar "de la nada") en este entretiempo q parece suspendido entre lo q se va -aunq uno se resista- y lo q vendrá -esperado con esperanza de criatura, aún crédula-…

Salud !!!! (con dos copas, una q se lleve lo peor y la otra para llenar con fuerza y resistencia). Lo mejor para todos!