13 febrero 2008

Hay días que no


Hay días en que me gustaría postear de Hillary o de Obama. Hasta de Zapatero o Rajoy. Pero desde allá. Días en que me gustaría hablar en inglés y leer de corrido el New York Times. O ir a París o New York o Londres y sentirme un ciudadano del mundo. Hay días en que me hubiera gustado jugar en Roland Garros y que me quedaran las medias sucias de polvo de ladrillo. O ir a Hawai y montar una ola en la tabla y que se haga un tubo y ver las palmeras en la orilla. Son días en que me pregunto para qué carajo alguna vez saqué el pasaporte ese que está al fondo de la mesita de luz.

Hay otros días en que me imagino en esa playita de Ilha Grande vendiendo cervezas y empanadas de Sirí. Calzando un bermudas furiosamente anaranjado y una remera cualquiera con algún slogan del PT y esas estrellas rojas tan de design. O simplemente en Montevideo, vendiendo diarios en la 18 de Julio y por la noche tocando un zurdo con la murga del Barrio Viejo. Esos son días en que me agarra cierto latinoamericanismo existencial.

También hay días en que me pregunto por qué no puse ese bar que soñaba arriba del muelle en La Lucila del Mar. Ese que iba a tener una biblioteca de libros de viajeros al lado de un sillón viejo en dónde, por las noches, bien tarde, me iba a sentar a tomar ron y fumar espiando la espuma que se forma alrededor de los pilotes cuando sopla el este despacio. Ese bar, que en mi imaginación está pintado de tonos de azul y los manteles son bien blancos y siempre hay aroma a café recién molido, especialmente cuando amanece. Ese bar en el que, por fin, iba a dejarme de joder y entre parroquiano y parroquiano, me iba a dedicar a escribir algunos cuentos y una nouvelle. En esos días el pasado me llama travestido de futuro perfecto.

Y después están la mayoría de los días. Como el de hoy, por ejemplo. Días en que después de laburar doce horas me pregunto si lo que hago sirve para algo. Si alguna vez sirvió para algo, si algún día servirá. Días en el que reviso millones de papeles, me reúno con distintos tipos que hacen algo parecido a lo que yo hago, puteo con la corbata en el cuello, veo las memorias de gestión tapizadas de índices que mucho dicen y que lejos, lejísimo, están de explicarme por qué carajo pasa lo que pasa. O mejor dicho, por qué siguen pasando. O peor: si alguna vez dejarán de pasar. Esos son los días en que me siento particularmente impotente.

11 comentarios:

Musgrave dijo...

Mendieta, alguna vez escuchó la teoría del estanque acerca del trabajo en el Estado? Le cuento, el Estado sería un estanque manso y tranquilo. Cuando en la gestión se logra un resultado concreto funciona como un piedrita arrojada en el estanque.

Seguro que usted se habrá pasado horas en su pueblo natal tirando piedas al agua. Así que sabrá que por mas pequeñita que sea la piedrita al tocar caer al agua genera unas ondas cada vez más grandes.

Eso se logra cuando en la gestión diaria se alcanza un resultado concreto por más despreciable que nos parezca frente a la inmensidad de la tarea por hacer.

Parece sacado de un libro de autoayuda, no?. Pero que quiere que le diga a mi me da resultado.

un abrazo

Pe dijo...

mendieta, de que laburas?!

pangcho dijo...

Para su desgracia sepa que la pinamarización de La Lucila es casi total. El barcito del muelle, otrora lugar para tomarse algún birrín o el reglamentario ferné, ha virado el último verano (pude comprobarlo el fin de semana que hasta allí me acerqué) hacia esa desagradable especie que son los restoranes que pretenden ser de elite porque hacen una trucha con una crema de color y dos papas y, horror, incluyen show (sí ¡cena-show!). El sábado que con mis hermanos osamos acercarnos a lo que era un oasis en un balneario crecientemente careta (o sea lleno de bares caros, acorde al bolsillo de los nuevos veraneantes) nos encontramos con un cartel escrito en tiza denotando un plato exótico, un precio algo elevado y ¡mariachis!
Como no hay dudas que dicho emprendimiento está condenado a fracasar, si se le ocurre retomar la idea de un barcito del muelle más "como uno" sepa que tiene mi adhesión. Hasta puedo virtualizar un boca a boca entre mis contactos lucilenses con algo así como "El barcito del muelle no sólo volvió a valer la pena sino que está más piola..."

Paula Carri dijo...

Mi opinión es que esa sensación (impotencia) lo acompañaría al bar de playa, al leer el NYT de corrido (uno de mis sueños -o pesadillas?- recurrentes, también). Ese sentimiento es innato a uno mismo. Claro, en determinados contextos se disimula mejor...pero bué. Nos tocó acá (aunque a veces nos dé por las...) Y si se manda la nouvelle, igual? un saludo

Anónimo dijo...

Mendieta,mientras se siga preguntando, esta todo bien.
Esto que acabo de decir es una perogrullada total, pero lo dijo Freire...

Lic. Baleno dijo...

Coincido con la Paula Carri coincido.

manolo dijo...

Mendieta
Su trabajo ya se parece a jugar al fútbol con un adoquín, en lugar del balón.
Dese una vuelta por mi último post, le garantizo un par de sonrisas.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Mendieta querido...
Aunque se que no sirve ni un poquito para aliviar ese vacío... tan de entrecasa...tan empeñado en aparecerce cada tanto. Siempre igual de intenso...siempre, indefectiblemente, sin atinar a esbozar una respuesta.
Aunque se que no sirve ni un oquito para aliviarlo le cuento que habemos unos cuantos/cuantas que periódicamente todavía lo sentimos...
Un abrazo militante jajaja

Valentina

Ana C. dijo...

Usted siga poniéndose melancólico que yo disfruto -¡y cómo!- lo que escribe en ese estado.

El 4161 dijo...

Mendieta:
Sé que mal de muchos consuelo de tontos, pero creo que la mayoría de lo que hacemos, apenas sirve para que podamos sobrevivir y poco más.

distressed abd dijo...

Coincido con Ana C., este es un post muy bello. Si le sirve de consuelo le digo que con los 30cm de nieve y las temperaturas bajo cero, la lectura del NYT de "entrecasa" no deberia ser la envidia de nadie :)