13 abril 2016

Así peleaba, piña va, piña viene...


La cosa es que el Moncho estaba ahí, tirado en medio de la vereda, boqueando como una tararira al costado del canal. Así boqueaba el Moncho. Y se iba. De a poco, pero se nos iba. La verdad es que ya estaba bastante roto el Moncho, vos pensá que no cualquiera se banca una carrera de doce años arriba de un ring, dale y dale, piña va, piña viene.  Porque el Moncho había elegido, cuando empezó, una forma de ser en el cuadrilátero: palo y palo. Y esto te condiciona, viste, porque hay tipos que son más, qué se yo, cuidadosos, ponele. Suben, estudian un cacho al rival, de vez en cuando meten una piña y después sobre todo se preocupan de que no le partan la trompa. Más estrategas son esos, viste? Pero el Moncho no. El Moncho ya venía tirando rectos desde el vestuario, sin preocuparse demasiado por tener la guardia alta. Así que al Moncho le habían partido la trucha más de una vez y las rodillas le temblaban al acostarse de lo hecho mierda que estaban. Claro, que esa manera tiene una explicación. Él había empezado su trayectoria así, había ganado un par a fuerza de manotazos y entrega y la gente lo empezó a seguir. Mirá si iba a cambiar después de eso. Nah, ya era así el Moncho. Medio torpe, pero que pelotas para ir al frente eh, ya quisiera yo tener esas pelotas. Nos volvíamos locos, locos te juro, cuando se apagaban las luces del estadio y el foco apuntaba a un rincón porque estaba por salir. Y empezábamos a agitar, a saltar, a gritar como desaforados: vamos Moncho carajo! Y se hizo tan pero tan lindo ir a ver pelear al Moncho que empezamos a ir siempre. Aunque le tocara en el culo del mundo, o lloviera o lo que fuese. Siguiendo al Moncho por los clubes se armó una banda que no te puedo explicar. Era un festival, una cosa hermosa lo que éramos, ahí, bancando al Moncho porque el Moncho nos daba desde arriba de la lona, no sé, algo. Llamalo mística si querés, pero para mí era algo más sencillo y al mismo tiempo más groso: el Moncho nos había dado la posibilidad de ser parte de algo más grande que nosotros mismos. Y eso, qué querés que te diga querido, eso es algo único. Cuando te sentís así es como darle un beso a la más linda de todas y que la más linda de todas después te agarre de la mano para ir a tomar juntos un helado. Así se siente. Así nos sentíamos cuando íbamos a ver al Moncho todos juntos por los barrios. Pero bueno, me estoy yendo de tema. El Moncho ya se había retirado hacía un tiempo y nadie sabía muy bien en qué andaba, sólo que se había mudado a una casa con terreno por atrás de Longchamps, en el sur. Pero el pelotudo este del Laucha Gonzáles no paraba de batatear desde su local en la avenida, ese que había heredado de su viejo el prestamista, que el Moncho era un cagón, que no se la bancaba, que cuando peleaba iba para atrás o que había arreglado algunos cruces por guita. Nosotros estábamos recalientes, porque además nos gozaba desde la caja de su mercado cuando pasábamos por enfrente con un "y giles, dónde está ahora el Monchito? se rajó el puto ese eh, bancaban a un trucho cagón giles". Así de pesada estaba la mano, hasta un día en que el Moncho venía caminando solo y cayetano por la peatonal cuando de pronto le dio un pasmo y se cayó de trucha al piso. Y ahí estaba, como te conté, boqueando como un pescado en el medio de la vereda, justo al lado de la parada del 560 y a punto de palmar cuando el forro del Laucha Gonzáles quiso aprovechar la volteada y salió corriendo de su negocio con un cable bien largo. El tipo venía arrastrando un alargue como de cuarenta metros en dirección al Moncho. Las puntas peladas tenía el cable. Y cuando estuvo al lado del Moncho se arrodilló, se acercó a su oreja y le dijo: "mirá como te voy a freír las pelotas para siempre, negro de mierda". Y ahí nomás le clavó los cables que venían directo de la trifásica del mercado al pecho del Moncho, que además de boquear empezó a pegar unos saltos arriba de la vereda como de esta altura. Así saltaba de alto el cuerpo del Moncho mientras el otro se lo quería cargar por medio de la electricidad. Y en el medio de uno de esos salto, pam, el Moncho que de repente abre los ojos bien grandes y dice: vos sos un gil Laucha. Así dijo, tranquilo, sin gritar, pero firme: vos sos un gil. El tipo se pegó tan zarpado cagazo que largó los cables y salió rajando para el lado de la estación, donde para la yuta. el Moncho se paró, se acomodó la remera adentro del pantalón de nuevo, tosió un par de veces, se compró una botellita de agua en el kiosco y se subió al 560 para el sur. Todo esto me lo contó el muchacho que vende diarios en la parada de ahí, ves, porque yo no estuve. Yo estaba laburando ese día en una obra de Capital. Pero me contó, y empezamos a correr la bola y la banda del Moncho se empezó a juntar de nuevo en la plaza. La verdad es que no creo, de verdad que no creo, que el Moncho vuelva a pelear. Si ya estaba hecho mierda, cómo carajo va a volver a pelear. Pero con los muchachos estamos atentos de nuevo. Y juntos. A la búsqueda de alguno que pelee como peleaba el Moncho. Así, piña va, piña viene. Nosotros ya estamos listos para volver a salir por los barrios.


4 comentarios:

Tilo dijo...

Hermoso cuento. Cuando menos se piensa, ¡zácate! ... el Moncho vuelve a florearse y a producir el frunce pre-cagazo.

Saludos

Comandante Cansado dijo...

Joyjoroy. Lindo.

Carlos G. dijo...

Y...sí, estaría muy bueno que vuelva.
Peleadores como el Moncho no sobran.

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