31 agosto 2015

Cuando llega ese viento



Y entonces todo se revuelve. Empezando por las tripas. Porque cuando sopla hay que estar atentos a las tripas. Ahí, solo ahí, está el centro del huracán. Claro, que si fuera eso nada más no pasaría demasiado, como en la vida. Porque en la vida no pasa demasiado, viéndolo fríamente. Te despertás, te levantás, te bañás, salís, alguien nace, volvés, alguien muere, cocinás, comés, te dormís. Y eso es todo, claro, viéndolo fríamente.

Pero a veces hay otro viento. Y cuando hay otro viento, como decía, primero lo notás en las tripas. Y después en las manos, después en la cara, y al final en todo el cuerpo, que es como decir en la mente. Y ahí es cuando todo se revuelve.

Que no todos los vientos son iguales, ni en el soplar ni el sentir. Los hay amables y moderados, como esos vientos primaverales que no olvidan que existen para transportar cosas delicadas y frágiles, vientos fecundadores. También los hay tempestuosos e inconstantes, llenos de tormentas de verano en sus entrañas, pasajeros. Los hay aburridos, permanentes, interminables, como los inviernos y la injusticia.

Hay muchos vientos, tantos como velas para amarrarlos. Pero todos ellos no son nada al lado de una sudestada hecha y derecha. Ella llega ululando, levantando arena y recuerdos, borrando barreras, destruyendo contornos y mapas, creando territorios y zanjones. Inundando. Y es distinta porque otra es la disposición para el encuentro: mientras los otros vientos invitan a dejarse llevar, la sudestada convida a ponerse de frente y a apechugar. La sudestada te define para siempre, que es como decir hasta la próxima vez.

Ahí, en ese instante, es ruptura, abismo y nacimiento. Ahí, en ese mar, lo que decía de las tripas, cuando empezás a sentir.  

1 comentario:

matildas dijo...

hermoso.
vale para el río también
(aunque en verdad verdadera no sé lo que es una sudestada en el mar)