12 mayo 2011

Carta abierta

No puedo hablar ahora. Me pedís desde la cama que te cuente, pero no puedo. Porque a veces no sé hablar. Puedo contar chistes en los asados, inventar anécdotas, construir un mundo de mentiras, hasta hacer un discurso arriba del banquito del patio. Pero hablar es otra cosa y a mí no me sale.

Hablar. Todo se trata de poder hablar. A veces, incluso, pienso que voy a poder. Y preparo el mate con cierta calma, cuidando los detalles. Lleno la calabaza, despacio, y después la tapo con la palma de la mano izquierda, la doy vuelta y la sacudo un poco y armo el hueco para la bombilla, como dicen que hay que hacer los que saben. Y me paro delante de la cocina y de la pava, esperando que empiece a sonar.
Ves? Esta es una señal. Cuando me veas parado delante de la cocina y de la pava es que pienso que voy a poder sentarme a hablar. Claro, no te ilusiones. Seguro que después no voy a encontrar el tono ni los modos y me voy a interrumpir y vos te vas a enojar porque dejo las frases por la mitad y me vuelvo a enmudecer. Ese es otro de todos los defectos que tengo. Y me gusta que te enojes con él. Yo también le tengo mucha bronca a ese defecto mío. Pero, bueno, yo soy de los otros. Buscame en el silencio, que ahí me encierro cuando quiero encontrar el equilibrio.

El equilibrio. Todo se trata del equilibrio. Algunos lo encuentran pisando firme sobre el suelo firme, primero un pie, después el otro, después de vuelta el primero. Y así caminan y construyen sus vidas, sus familias, sus riquezas, sus imperios. Bueno: yo soy de los otros. Busco el equilibrio caminando en el alambre, sin mirar para abajo, porque tengo vértigo.

Caminar. Todo se trata de caminar. Algunos caminan sabiendo a dónde van. A la verdulería, al shopping, al subte, al éxito. Bueno: yo soy de los otros. Salgo a caminar de noche sin saber a dónde voy a ir. Y anhelo los tiempos donde la ciudad era desconocida además de ajena y entonces me perdía y entraba a los bares a preguntar por el 132. Pero aunque la filcar está toda ajada, aún salgo a caminar igual.

La ciudad. Todo se trata de la ciudad. Algunos son de acá. Incluso algunos que llegaron ayer y recién hoy están tendiendo la cama con sábanas nuevas. Pero conocen, hasta ellos, la onda verde de los semáforos, el brillo de los adoquines con la niebla y la distancia que hay que poner con los demás. Bueno: yo soy de los otros. Todavía estoy exiliado y renuevo el pasaporte cada cinco años. Me voy a morir pensando en irme, pienso a veces, tan melodrámatico y largo carcajadas que me duelen. Por eso cada tanto salgo a la ruta, a las terminales de micros y de aviones. Y me persigno, bien hereje, no en las iglesias sino ante cada luz roja que titila en el costado del camino. ¿Y vos viste cómo cambian las modas? Ahora los cabarets de las rutas no tienen más luces rojas. Ahora usan guirnaldas de luces de colores. Como los corsos. También me persigno con los corsos.

Los colores. Todo se trata de los colores. Yo amo tus colores. Puros. Planos, sin sombras ni degradés. Tus colores no tienen vueltas. Los estoy viendo ahora, mientras escribo, colgados en un cuadro arriba de mi escritorio. Cuando es violeta, es violeta. Cuando es rojo, rojo. Cuando naranja, naranja. Cuando verde, verde. Nada de andar mezclando, de confundirse. Lo mismo pasa con las líneas: definidas, firmes, seguras. Detallistas tus líneas. Prolijas. Bueno: yo soy de los otros. No presto atención ni al color de mis medias ni a abrocharme los botones. Tengo una orilla marrón, revuelta, mezclada con la arena. En la superficie brilla la espuma, sobre todo cuando me mueve el viento. Y si hay sudeste me golpeo, me vuelvo loco, desatado, una parte verde y otra negra. A veces me ves celeste. A veces, pocas veces, soy mi amado azul, reflejo el sol y me quiero. Pero me quiero pocas veces.
Como sea, tengo una mala noticia para darte: en el fondo, aunque quiera, no soy esos colores que tenía hasta recién. Allá, en lo profundo, siempre estoy oscuro y soy este mar que ves ahora.  

Dame luz. Y a veces, por favor, buscame en el fondo, que estoy ahí.
De eso quería hablarte a la tarde.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Que lo pario Mendieta. Muchas veces tengo la misma sensacion. Pienso en como decir q decir y hasta q tono usar... Pero en el momento de hablar termino diciendo la mitad de la cosas q terminan malinterpretandose... Que mierda esa cosa de no poder sacar con palabras lo q uno tiene dentro... Generalmente termina una hablando de la nada y dejando las conversaciones x la mitad. Un placer seguirlo y leerlo a diario.

@tilio ® dijo...

Es dificil compañero Mendieta, describir una realidad circular escribiendo líneas.Por eso su prosa tiene tanto de poesía.
Tal vez por eso somos eternos buscadores de la palabra justa, para llenar mensajes que tiramos al mar, con seguro destino final en una tormenta.
Solo que un día. Algo singular ocurre.
El mensaje no solo es rescatado, sino que llega a destino. Y entonces ya no hay mas búsqueda. Simplemente nos hallamos en el otro.
Y tal vez sea eso, nomás,el sentido de un blog.
El sentido de una vida....
Un abrazo desde el mar, que ud. añora.

P/D El fondo está mortal.Me alegra haber votado una encuesta por primera vez.

Anónimo dijo...

ta bueno el fondo.

GS

Laura dijo...

Hermoso mendieta... me regaló un muy lindo momento al leerlo en este día, muchas gracias! y con semejante invitación no tengo dudas de que lo van a ir a buscar a ud, al fonde, a los costados, a cualquier escondite de los suyos.

claudia dijo...

uahh lindo texto, unpoco benedetti en algún párrafo

Maxi dijo...

A veces pasa... hasta a los uruguayos, je http://www.youtube.com/watch?v=RDGWw2J24P0
Abrazo