11 marzo 2010

El otro


El siguiente es un experimento de escritura compartida vía mail, esta madrugada, entre Mendieta y Carrasco. No sabemos ya quién escribió qué. Así que ahora el autor es otro.


Como mi papá siempre leía libros -me acuerdo de "Nicaragua tan violentamente dulce" porque en la contratapa tenía la cara de Cortázar, que me asustaba- y mi mamá siempre leía libros- me acuerdo que le agarré un libro que me sacó enseguida y dijo: eso no es para chicos (obvio, al otro día le revisé el dormitorio y lo encontré debajo de la cama). Desde antes de saber leer, cuando ya tenía una novia en la guardería, yo quería ser escritor de libros. Suponía que esos hombres que escribían libros debían ser importantes y todos los tomaban en serio. A mí, en cambio (porque no sabía leer ni escribir) no me tomaban en serio. Cada cosa que decía, era interrumpida recordándome que ya estaba en edad de mandarle al chupetómetro de Carlitos Balá mi chupete. Y de no llorar tanto si mis hermanos mayores me dejaban afuera de los juegos.
Yo soy ese y también soy otro. Uno que su padre sólo leía el Clarín Deportivo con especial énfasis en relojear el Prode, pero que hacía un uso trascendental de la letra impresa: envolver los huevos que vendía en la carnicería. Esa carnicería, ese olor a carnicería, esa luz de tubo de carnicería iluminando el cuaderno Rivadavia en el que aprendía, al lado de la caja registradora, a leer y escribir copiándome del diario. Y ahí empezaba a leer no por contagio ni por pasión literaria. Empezaba a leer porque no había televisión en ese pueblo con olor a mar y carne y el segundo mejor programa era la colección Robin Hood. Porque el primero era ir a cazar lagartijas a la playa y como el Corsario Negro desembarcar cerca del patio de aquella chica. Así que este yo ni pensaba en los autores de los libros ni en la importancia de ser importante. Pero cuando había mucha humedad, y la antena estaba bien orientada hacia Buenos Aires y las ondas amagaban con llegar al aparato con forma de imagen y no de lluvia, corría a ver como se iba llenando el chupetómetro.
A los 15 años supe que ya no iba a poder ser lo que había querido ser toda mi vida. Claro, tampoco era tan grave, ya que “toda mi vida” había sido poca. Ocho años, ponele. Diez, como mucho. Así que empecé a leer y a reinventarme. Entonces me reinventé en lector, que era mucho más fácil y eficaz a los efectos de entablar algún tipo de contacto espiritual con las minas. Aunque debiera haberme dedicado a tocar la guitarra, pero era vago. Y planificaba metódicamente el día en que me iba a poner a escribir. Ese día iba a llegar cuando las historias que leía no fueran tan buenas como para convencerme que el protagonista era yo. También es cierto, debo admitir, que a esa edad prefería salir a buscar a Sherezade por los bares que a ponerme a escribir las mil y una noches.
A los 20 años había un yo  que ya sabía que no me daba, pero sí me las daba de un pibe con futuro. Oscilaba entre posar de pendejo con futuro a creerme (de callado) que ya tenía la vida vivida. Pero a los 20 años leía portadas y solapas de libros sobre los que disertaba con las chicas a la madrugada. Cualquiera lo sabe: a las cuatro en una peña universitaria uno puede decir cualquier cosa, y te creen.
Andando el tiempo, y cada vez más rápido, fue distinto: un yo ya sabía que debía dedicarme a alguna actividad que bordeara la política, la comunicación, la escritura o el periodismo, pero trabajar jamás. Se requiere de astucia, tesón y audacia para aguantar las tentaciones de un trabajo con horario, aguinaldo, jefes con esposas intocables y chusmeríos de oficina. Cualquier boludo, al menor descuido, termina regalando flores por el día de la secretaria a cambio de tener una tarjeta de débito.
En ese mismo tiempo, mi otro yo también sabía que debía dedicarse a alguna actividad que bordeara la política, la comunicación, la escritura o el periodismo. Entonces se dedicó a laburar sin parar de lo que viniera. Y tuvo la astucia, el tesón y la infinita cobardía de aguantar los horarios, cobrar los aguinaldos, sacar una tarjeta de crédito y, sobre todo, ponerse el traje de tipo serio y responsable en la espalda. Menos mal que mi otro yo nunca me dejó regalar flores en el día de la mujer.
Porque regalar flores en el día de la mujer era una concesión: casi todos los yo que yo era querían siempre quedar bien, pero había uno que se resistía, no tanto por rebeldía, como por pretensión de originalidad. Ese yo podía ser mediocre, pero no tan pavote como para andar pregonándolo.
Ahora, varios yo, con la panza más grande y menos pelo, sin ganas de salir ni un sábado de 25 grados, sé que escribir es algo imposible, y no es por las minas sino por el desasosiego. Que es al pedo. Que hay otros que lo hacen mejor, que hay otros que se comprometen, que hay otros, en cambio, la gran mayoría, que no sienten la necesidad imperiosa de decir algo con urgencia sin saber a priori qué cosa decir; que la gran mayoría no es feliz, pero tampoco desespera.
Ahora, también yo, más flaco por el stress, más herido, más curtido, más viejo, con ganas de salir un miércoles como el de hoy, piensa que escribir es imposible y maravillosamente necesario. Y que escribe, cuando escribe, por las mismas razones que hace todo lo poco que hace. Y estamos de acuerdo los dos yo: no es por las minas, si no por el desamparo. Un desamparo que no tiene origen, ni destino, ni razones. Salvo el de ponerse a escribir una historia que desespera.
Y es tan solitario, tan íntimo, tan propio, escribir.
A veces, cuando estoy triste, o muy contento, trato de imaginar cómo sería todo si todo hubiese resultado al revés. Yo hubiera tenido la fuerza de no renunciar. Yo, también, seguramente hubiera renunciado.
Porque la gran ventaja del triunfo, por sobre los perdedores, es la posibilidad de renunciar. Solamente puede renunciar el que triunfa, y solamente renuncian los triunfadores que tienen pelotas. De ahí mi admiración, y  mi descrédito, por los que renuncian.
Porque hay una contradicción con los que renuncian: buscar el triunfo para después desprestigiarlo, negarlo, ningunearlo, quitarle jerarquía, es una cagada. Porque, convengamos, en nada se triunfa sólo. Aunque se escribe solo, no se triunfa solo.
Se necesita de los otros.
Siempre.
Por eso, en el fondo, pero más en el fondo que antes, yo prefiero los que fracasan a los que renuncian. Los que fracasan, lo intentaron. No lastiman a nadie como al triunfar y renunciar. No pisotean a nadie al ganar (siempre que se gana, hay quien pierde).
Cuando se fracasa es porque se lo intenta. No digo fracasar a la quiniela, cualquier ludópata fracasa en eso. Digo fracasar con grandes y nobles objetivos. Desmesurados y, en lo posible, nobles objetivos.
Hay una ternura, una sensibilidad, una cosa difícil de explicar, sí, es así: en cierto modo, el que fracasa, allá en lo remoto, triunfó.
En algo, no sé en qué, pero ése tiene su triunfo. Y lo merece.
Al menos eso pienso yo, hoy, que de todos modos, soy otro, tan peligrosamente atraído en ser parte de los que fracasan al triunfar.
 



11 comentarios:

Eva Row dijo...

Qué maravilla ché. Me refiero primero al resultado, al texto que lograron. Y además al experimento, el juego, el arrojo de fundir los textos de dos personas. Hay que jugar en esta vida, siempre hay que jugar. El que de adulto no sabe jugar es porque nunca fue niño.

Andrea dijo...

Y aqui del otro lado....
`los otros´ agradecemos este obsequio...

Ana C. dijo...

Son dos tremendos los dos. Son impresionantes y a los dos les da de sobra. Tendrían que dejar de tontear con el análisis político por un tiempo, o convertirlo en ficción.

Qué lindo que fue leer esto, reconociéndolos a los dos :-)

El Canilla dijo...

Mierda, vo !
buenísimo, como suelen ser los textos de ambos.
..............................

Donde hay que firmar ?

Anónimo dijo...

Me gusta escribir y lo hago casi exclusivamente para mi porque, cuando leo cosas como este texto, siento que "escribir es algo imposible....que hay otros que lo hacen mejor"

Es increible que existan personas que sin conocerte utilicen las palabras exactas para expresar algo que sentis y no encontras la forma de decir.

Me ha sucedido con varios, con éste texto también.

Madys

Mendieta dijo...

Gracias, Eva. Igual está claro que con Carrasco no somos adultos que juegan como niños sino más bien al revés.
Gracias Andrea. Besos.
Ana C. Ay Ana C. GraciaS. Pero sepa que escribimos así para hacer política. Je.
Canilla: Al pie. Crecen las firmas desde el pie.
Madys: lindo elogio. chas gracias.

Comandante Cansado dijo...

Jaaaaa. El texto está bueno, pero son mejores sus respuestas, Mendieta.

Anónimo dijo...

txt desaforado, amoroso, impulsivo, transparente, sanador. adoro a este mendieta.
bss
normis

margaritas dijo...

me gusta mucho la manera en que cada uno cuenta como es... espero el libro. Voto por eso!

Anónimo dijo...

si!!! vamos el libro!
abr/normis

Lucas Carrasco dijo...

Mendieta, acabo de releer, mientras espero a un amigo, nuestro texto.

Queda feo comentar(se), peor la verdad, me gustó. Te felicito. Je.