Faltan nada más que diez días y, por más que lo intento, no me puedo "mundializar". Leo los suplementos deportivos, miro los programas de deportes, escucho los debates en las radios, hablo con los amigos en el bar y, sin embargo, nada. Al ratito ya me estoy distrayendo con una hoja de un diario de ayer, amarillento, que vuela por la calle.
Entonces me pongo a pensar por qué no puedo. Por que quiero, pero no puedo. Porque las condiciones "objetivas" están dadas: el fútbol me gusta, hay plantel, el Diego está de técnico. La base está. Entonces, ¿por qué hasta ahora medio que, para decirlo elegantemente, me chupa un huevo el Mundial de Sudáfrica?
Por ahora se me ocurren tres motivos nada más.
El primero es el más banal: la exagerada presencia mediática del tema (noticias, chismes, rumores, publicidades espantosas -por cierto: que se vayan todos y que vuelvan los creativos de Quilmes de antes-, opiniones "futbolísticas" de Jazmín de Gracia en la 23 y de Lucas Carrasco en su blog, por ejemplo) me abruman y me generan la reacción contraria. En vez de entusiasmarme, me embolan.
El segundo es un poco más "filosófico" y alguna vez ya lo escribí en algún lado: digamos que para fanatizarse con algo o con alguien hay una edad límite. Porque, convengamos, vos tenés 10, 12, 15 años y vas a la cancha y ahí adentro está jugando el Pato Fillol. Y es tu ídolo y, cuando sea grande, quiero ser como él. Pero tenés 40, vas al Cilindro y en Racing juega de 5 Zuculini. Lo máximo que podés hacer es decir, cuando se tira de cabeza contra el botín del adversario, "bien, pibe!" . Digamos que Zuculini tiene 16 años y puede ser tu hijo. O sea: el ser "fan" debiera estar prohibido una vez que cumplís la mayoría de edad.
El tercer motivo es el más, digamos, "personal": nunca pude superar el inmenso dolor del Mundial Estados Unidos 94. Porque ahí habíamos puesto todo, pero todo eh. Era la resurrección y la redención colectiva viajando en una número 5. Pero cuando vimos a Diego saliendo de la cancha de la mano de la única enfermera del mundo que estaba más o menos linda y no me calentaba ni un cachito empecé a sentirme mal. Algo había en esa rubia que me hizo desconfiar. No sé. Esa sonrisa, esa manera tan casual de agarrarle la mano a Maradona. Porque sólo si tenés algo que ocultar, una cosa muy jodida dentro tuyo, le agarrás la mano a Diego así. No se le agarra la mano a Dios con esa displicencia, con esa apatía. El dóping, las pruebas, las contrapruebas y todo lo que vino después ya estaba anunciado en esa imagen.
Creo que ahí, hace ya 16 años, algo se rompió entre la Selección y quien esto escribe. Es obvio que miré los partidos de Francia 98, en los de Corea/Japón 2002 debo admitir que más dormitaba que otra cosa y el de Alemania 2006 me resultó tan aburrido como Alemania 2006.
Ay, las decepciones! Todos sabemos que las heridas del corazón son las más jodidas de cicatrizar y, lo digo, así, de frente, a lo macho lo digo, Estados Unidos 94 fue un cuchillazo a mi alma mundialista.
Confieso todo esto, ahora que faltan 10 días, porque ando con ganas de enamorarme de vuelta y todavía no me sale.
Todavía.